Opinión sobre el vóley playa - ¿Es un deporte barato?
¿Realmente es el vóley playa un deporte barato? Una reflexión desde dentro
Por Víctor Garau Martínez.
¿Realmente es el vóley playa un deporte barato? Una reflexión desde dentro
Por Víctor Garau Martinez.
Antes de desarrollar mi crítica en este aspecto, es importante dejar claro que el objetivo de este escrito no es abogar por una reducción económica del deporte, sino cuestionar la manera en que se estructura, administra y trabaja el vóley playa en función de los costes que representa.
Mucha gente piensa que el vóley playa es un deporte barato, pero esa idea no tiene nada que ver con la realidad de quienes entrenamos y competimos. Como entrenador en un club de Cataluña, con experiencia tanto en formación como en competición —y también como exjugador—, siento la necesidad de dar una opinión crítica pero constructiva. Este mensaje va especialmente dirigido a las organizaciones y profesionales del sector, porque sigo viendo cómo se cobra por servicios mediocres, en gran parte por culpa de un enfoque equivocado sobre lo que realmente cuesta este deporte.
En mi entorno se organizan competiciones todo el año, tanto federadas como amateur, y eso es genial para quienes amamos este deporte. Pero todavía pesa mucho la idea de que el vóley playa es solo un pasatiempo de verano, no una disciplina olímpica con todo lo que eso conlleva. Esa mirada superficial tiene consecuencias reales en cómo se estructura, se regula y se valora lo que hacemos.
A menudo escucho que para jugar vóley playa solo necesitas un bañador, una red y un balón. Pero con ese mismo argumento, el fútbol o el baloncesto también deberían verse como deportes baratos, ya que hay canchas públicas en casi todas las ciudades. La diferencia es que esos deportes han desarrollado estructuras de clubes, entrenadores y federaciones sólidas y profesionales, y eso cambia por completo cómo se perciben y valoran.
¿Dónde queda el vóley playa cuando se practica con compromiso y seriedad? Aunque jugadores y jugadoras pagan tanto o más que en deportes como el fútbol o el baloncesto para entrenar y competir, lo que reciben a cambio muchas veces no está a la altura. He visto competiciones con redes rotas o mal montadas, sin árbitros designados, donde los propios deportistas tienen que pitar, incluso en torneos federados. Hay clubes que van a torneos sin equipación completa, con instalaciones para entrenar con lo justo y balones oficiales tan deteriorados que se terminan usando los personales. Y así podríamos seguir. Todo esto proyecta una imagen de precariedad, que refuerza esa idea equivocada de que el vóley playa es un deporte barato, cuando en realidad no lo es.
He tenido la suerte de conocer instalaciones y competiciones de vóley playa en diferentes partes del mundo, y precisamente por eso mi crítica nace desde la comparación directa con realidades más profesionalizadas y mejor estructuradas. En esos lugares, este deporte cuenta con recursos, planificación y una visión a largo plazo que dignifica su práctica. Al contrastar esa imagen con lo que veo en muchas competiciones y clubes locales, es inevitable sentir frustración por el potencial desaprovechado ya que Catalunya tiene un volumen muy grande de aficionados y aficionadas a este deporte.
En cuanto al coste real, no es insignificante. Una persona que entrena dos veces por semana y compite dos fines de semana al mes puede invertir entre 1.000 y 1.200 euros al año. Esto sin contar gastos de desplazamiento o comidas ya que las competiciones son por toda la región y duran todo el día. En Cataluña, los entrenamientos cuestan entre 50 y 70 euros al mes por dos sesiones semanales de 1 hora y 30 minutos. Las inscripciones a las competiciones oscilan entre 15 y 25 euros por torneo, y como no existe una estructura fija, cada pareja se apunta según su disponibilidad económica en muchos casos…
Como he dicho, esta reflexión no pretende que el deporte sea más barato —aunque, por supuesto, sería lo deseable, y en muchos otros ámbitos también—, sino poner el foco en la incoherencia entre el coste real para quienes participan con seriedad, y la calidad de la experiencia que se les ofrece. Es hora de que el vóley playa deje de ser visto únicamente como una actividad de risas y comience a estructurarse con mayor profesionalidad, para estar a la altura del esfuerzo, la inversión y la pasión de quienes lo practican durante todo el año.
En mi opinión, las organizaciones implicadas en este deporte —federaciones, clubes, entrenadores y torneos privados— podrían y deberían ofrecer un nivel superior de profesionalismo, acorde con el hecho de que se trata de un deporte olímpico y no barato como he comentado. La gran cantidad de jugadores y jugadoras que hay en Cataluña, que invierten tiempo, dinero y compromiso, no merecen tener que adaptarse a una mentalidad mediocre mientras van pagando una cantidad importante. Por supuesto, existen personas y proyectos que están haciendo una labor impecable. Pero esta crítica, que creo compartimos muchos dentro del entorno, va dirigida a una realidad generalizada que debe cambiar si queremos que el vóley playa evolucione y se consolide como lo que realmente es: un deporte serio, con enorme potencial y una base de deportistas que lo respaldan con pasión y constancia.
Esto es una opinión personal en la que no pretendo nada más que exponer un pensamiento sobre lo que en los últimos 10 años estoy dedicando esfuerzo, tiempo y dinero.
!Mucho vóley playa para todos y de buena calidad!
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